Hoy estaba lejos de la capilla, caminaba por la avenida Marple cerca a la calle sexta directo al “Lunch Box Café”, un local que había visto de fuera pero que no conocía por dentro.
El anuncio del mismo era muy evidente para perderse, así que apresuró el paso mientras pensaba que debía comprar una nueva sombrilla. Recordó como en Bogotá, ciudad donde vivió parte de su existencia, siempre que llovía, de la nada, y casi mágicamente aparecía un vendedor con paraguas.
Siguió caminando bajo la lluvia tratando de cubrir aquel agujero con un dedo.
Este era un sector latino de los Angeles. Miro a su derecha y vio un local que estaba seguro le gustaría a Miguel. El local anunciaba en español, sus productos, “Zapatos: tres pares por $20”, y un poco más allá, había otro local que vendía calcetines.
Era curioso como en los Angeles los latinos eran una población establecida, aspecto que tuvo en cuenta cuando se vino a vivir al país. Justo cuando se resolvió su situación disciplinaria (aspecto grave que lo marcó a nivel personal), pudo elegir entre varias locaciones para continuar su trabajo.
Una de las opciones, sugerida por sus superiores (para castigarlo) era Viena, capital de Austria. Sin embargo él, de manera astuta pudo evadir ese lugar y escoger los Angeles. La ciudad era ideal por su cercanía a México y porque, en parte, quería que Miguel se sintiera cómodo, y a decir verdad, también buscaba su bienestar. Le hacía falta el contacto con gente que hablara su idioma. Sabía que le esperaba mucho trabajo, pero valía la pena arriesgarse.
La lluvia se incrementó mientras el cruzaba la calle saltando los charcos. Cerró el paraguas dañado y entró por la puerta de cristal del café con el pelo mojado como si hubiera salido de la ducha. Se preguntó internamente si no sería mejor abandonar el paraguas ahí y seguir sin él. Pasando la mano por su cabello procedió a sentarse en una de las mesas, sacó de su americana un pañuelo y comenzó a limpiar sus gafas mientras una mujer regordeta se acercaba a él para entregarle la carta.
Diego sin mirarla pidió un café. Aunque no lo bebería era necesario aparentar que era humano. Beber café mientras trabajaba, era uno de los placeres que había perdido al convertirse en vampiro.
Miró a su alrededor revisando las personas que estaban allí. Parecía que el local estaba lleno de gente que huía de la lluvia, resaltaba un indigente que estaba intercambiando monedas por una cena. La pobreza existía hasta en un país industrializado como este. A veces se encontraba pensando igual como lo haría Miguel en relación a las injusticias sociales, porque algunas de sus experiencias de no vida fueron cercanas a la miseria.
Es entonces, cuando después de recibir su café aquello que vino a buscar, aparece. Una mujer de aparentes 65 años, alta, con una enorme espalda, y con una notable escoliosis entra al café. Se sienta al frente del indigente que trata de pegar su cena. Su aspecto era totalmente desagradable, de piel blanca manchada, parecía estar contaminada por repetitivas manchas faciales asociadas a un cáncer y sus dientes amarillos parecían del mismo color que sus ojos. No era la cita ideal para ningún hombre, pero era su cita.
Diego guarda calma y espera un minuto. La mujer se levanta de la mesa que compartió tan poco con mendigo y camina hacia una puerta trasera.
Se levanta, pone un billete en la mesa, toma el café recién servido y lo deja en la mesa del mendigo.
Camina de manera pausada mientras cruza la puerta la cual resulta ser una salida. El agua toca su rostro y la lluvia vuelve a mojar sus lentes. Recuerda que dejo el paraguas en el café, pero en parte, ya estaba pensando en tirarlo, así que devolverse por él sería una pérdida de tiempo. Se acomodó la americana y caminó apresuradamente por el callejón tratando de no perder a la mujer, que evidentemente ya se le había adelantado.
Un minuto después la había perdido de vista. No sabía donde se había ido, pero igual siguió derecho por ese callejón oscuro y poco amigable. Paró en seco cuando sintió que algo le toco la espalda, giro a su izquierda y encontró una puerta de madera abierta. Sin dudarlo entró al lugar. Era un garaje que guardaba un viejo auto que bien pudo ser usado en la primera guerra mundial.
Miró encima de su hombro y caminó dos pasos hacia el auto y ahí encontró a la mujer sentada frente a una mesa hecha de cajas de madera.
- Por órdenes de mi señor, he viajado por siete estados para la cita de hoy, no me haga perder el tiempo. Dijo la mujer
- Y no lo haré. Respondió Diego mirando de un lugar a otro usando su poder de auxpex para saber si hay algún espía.
- Está limpio, siéntese. Dice la mujer con apariencia espantosa.
Diego no encuentra ningún espía en el sector, pero no se confía. Camina prevenido unos pasos y se sienta en la tosca silla de madera.
- Le agradecemos a su señor que haya accedido a ayudarnos. Mira alrededor. Comprenderá que las condiciones son claras en relación a la confidencialidad. Agrega mientras saca nuevamente el pañuelo para secar sus lentes.
- No muchos clientes se niegan al pago electrónico, tal será el secreto. Dice la mujer, esta vez pareciera que detrás de esa figura horrenda hubiera una mujer más joven, o puede ser que en un tiempo, lo fue. Mi señor garantiza la confidencialidad, siempre lo hace. ¿tiene la llave?
Diego se desapunta el primer botón de la camisa y muestra una llave que cuelga de una cadena de oro en su cuello.
- ¿Tiene el paquete?
La mujer saca entonces un envoltorio de tela de forma rectangular. Parece ser algo que no llamaría mucho la atención a quien lo viera, la presencia es muy precaria.
- Esta todo lo que han pedido.
Diego revisa el paquete que esta sellado a pesar del raro envoltorio, las condiciones así lo pedían. Se quita la cadena de oro y la entrega con todo y llave a la mujer. La mira a sus horribles ojos y entregándole un sobre le dice.
- En media hora aparecerá en el papel el lugar donde debe ir, el pago esta completo, en el sobre hay una propina para usted. Dice Diego levantándose, salga de la ciudad rápidamente después de tomar el pago a su amo.
- Yo de usted cuidaba que no se mojara. Dice la mujer quien camina hacia la puerta y desaparece.
El sonido de la lluvia persistía y Diego maldijo mentalmente haber dejado el paraguas en el café. Observó su entorno y vio una bolsa con basura. Podía ser asqueroso, pero si evitaba que el paquete se mojara, habría cumplido su cometido. Abrió la bolsa y vacio el contenido. Afortunadamente era sólo papel y colillas de cigarrillo que aunque apestaba, podía ser peor, uso la bolsa como protector del paquete, se abrazo a ella y salió en plena lluvia hacia la avenida más cercana en busca de un taxi.
Trataba de estar calmo mientras esperaba trasporte. La información que tenía podía valerle su vida y la de muchos, y eso lo perturbaba.
Pasaron quince minutos y ningún taxi paraba. Diego se estaba poniendo nervioso.
Un vehículo destartalado para al frente de él y se abre la puerta de conductor. La presencia del gordo, el amigo sin clan de Miguel, lo invita a entrar al vehículo.
- Doctor, entre, dice de manera alegre, milagro que lo ví con esta lluvia, Diego ingresa al vehículo inseguro. El tres-se me pidió que lo recogiera, y de suerte que estaba cerca.
Diego entra pensativo y nervioso. El no había llamado a Miguel para nada, es más él no le había contado donde iba a estar.
- ¿Miguel llamó?
- Sí señor, se notaba preocupado, me dijo que lo llamara en cuanto lo recogiera, tome le pasó una toalla, está usted empapado.
Diego desconfía por un segundo, saca su teléfono móvil y ve que tenía siete llamadas perdidas de Miguel. Se tranquiliza de repente y seca su rostro. Pide que lo acerquen a una dirección aproximada a la capilla. No podía pedir que lo dejaran en la capilla directamente pues supuestamente su localización era secreta.
Mientras el auto comienza andar, Diego le devuelve la llamada a Miguel quien le regaña con un “Carajo , pa que tiene ese celular si no lo contesta”. García lo tranquiliza, evidentemente Miguel estaba preocupado y había llamado al gordo para que lo recogiera, pero no entendía como se había enterado donde estaba.
Con el paquete abrazado nota que el gordo ha estacionado justo al frente de la capilla.
- doctor...¿quiere que lo espere o algo?
Diego se sorprende, pero luego se da cuenta que es una tontería. Los tremere siempre piensan que las capillas tienen una localización secreta cuando todo el mundo sabe dónde quedan. Un defecto tremere al secretear cosas que para nadie son secreto.
- No gracias, a vos te lo agradezco parcero. Sonríe hablando en español con su usual acento, Ave María, apareció en el mejor momento.
- Ustedes los colombianos y sus dichos, ese parceros suena muy raro, prefiero el cuates jeje, qué le vaya bien doctor. Dice el gordo con acento mexicano mientras se aleja.
García camina hacia la capilla y se siente totalmente aliviado al cruzar la puerta. Lógicamente está completamente empapado. Saluda levemente tratando de guardar la compostura mientras los aprendices de la capilla lo miran sorprendidos. Diego no les presta atención y sube las escaleras rápidamente. Debía entregarle el paquete al regente, eso era muy importante.
- Oh que maravilla. Se ríe Rebeca mientras él pasa rápidamente a su lado. He estado esperándolo toda la noche, y usted llega tarde y “recién bañado”... arruga la nariz, pero como que le falto jabón. Dice esto último con total sarcasmo. ¿Por qué llega a esta hora?
Diego siente un calor subir por su frente que demuestra su total repulsión por la mujer.
- Eso “a usted” no le importa, y sí me esperaba, le invito a sentarse...
Pasa de largo insultándola mentalmente, y va directo hacia la oficina del superior. El regente lo recibe complacido.
- ¿Tuviste algún problema?
- El clima, pero sólo eso señor. Diego le entrega el paquete que gracias a la bolsa de basura no se mojo.
- Oh gracias al cielo. Responde Dieter desechando la bolsa de manera inmediata y contemplando el paquete envuelto. Ya puedes irte, si lo deseas...Sus ojos se fijan en el paquete.. ya hablaremos. Y señala aquello previendo que luego hablarían del contenido. (No podía decirse abiertamente por la sospecha de espías).
- Gracias señor. Dice Diego complacido dando media vuelta, cuando de repente para en seco. Señor, ¿puedo pedirle un favor?. El regente lo mira interesado. Sé que se molesto la primera vez que se lo pedí , pero, no soporto a Rebeca Chamberlain, yo tengo muchas responsabilidades ahora para aguantarme a esa mujer, con todo esta dificultad me trata como si fuera el encargarlo de servirla y no la soporto.
- Rebeca sería una dulce muñeca al lado de su Sire, créeme. Comenta Dieter de manera confidencial. Quien es fundadora de una línea radical feminista de los tremere, y Olimpia es una de las mujeres más duras que conozco, hace una mueca pensando como esa mujer le recordaba a la que una vez fue su esposa, una imagen bastante desagradable de por sí.
Diego. El regente lo mira a los ojos. La razón por la cual permití que Rebeca trabajara en la capilla obedece. En ese momento su voz adquiere un tono más prudente. A cierta necesidad corporativa. Su mirada se posa en el paquete, lo que hizo entender a Diego de que el regente estaba buscando en el superior de Boston apoyo. Pero comprendo que no la soportes. Baja la mirada mientras se sienta. Y no te obligare a trabajar con ella si no quieres. Diego muestra una gran sonrisa como sí le hubieran anunciado un ascenso. Pero... si necesito que hables con ella en relación a los materiales, y luego yo asignare a un criado para que la apoye en ese sentido. Sólo atiéndela una vez, y luego déjamelo todo a mí.
- Está bien señor, responde Diego pensando que esa “una vez” no le va a gustar.
Sale de la oficina del regente directo a su laboratorio, y ahí procede a cambiarse de ropa. Luego de que se ha quitado las prendas, nota que su camisa estaba teñida de rojo en el área de las axilas. Había sudado vitae de la tensión, hecho que curiosamente no había notado en ese momento. Prefirió ducharse en el apartamento, dado que el regente le había dado el resto de la noche libre, pero quería salir de la fastidiosa reunión con la mujer antes de irse a casa.
Fue hacia donde estaba ella y tratando de auto controlarse, leyó su informe y contestó preguntas. Le mostró los depósitos, y le dio información sobre el registro de control de uso de los mismos. Los materiales podían usarse con libertad dependiendo de la categoría, había algunos que por su rareza, sólo podrían emplearse con autorización directa del regente.
La mujer por lo menos en ese encuentro dejo de ser desagradable, en realidad hizo lo que todo ser inteligente haría cuando necesita algo de la otra persona: portarse bien.
Luego de la reunión que llevo un poco más de una hora, Diego le informó que el Regente se encargaría directamente de sus asuntos y que podía acudir a él o al criado que le asigne para ese particular.
Rebeca agradeció de manera “amable” la ayuda. Cosa que a Diego le pareció supremamente extraño, posiblemente esperaba otra cosa.
Cansado y luego de poner su ropa mojada en una bolsa, sale directo al apartamento. La lluvia había cesado, pero amenazaba con repetir. Al entrar al apartamento ve desde el umbral a Miguel arrodillado en la sala. En silencio, y tratando de no molestar cierra la puerta, se quita los zapatos y se acerca.
En la sala había un improvisado altar con la imagen de Santa María Virgen y de San Miguel Arcangel. No había velas prendidas, como los altares normales por el miedo al fuego, pero si luces eléctricas que el prendía cuando oraba. Su amigo era altamente creyente, y últimamente con el encierro había comenzado a orar con más frecuencia, aunque en realidad, era algo que él hacía desde hace ya varios años.
Diego se da la bendición y se arrodilla al lado de aquél y hace una pequeña oración mental.
- Gracias Tres-se por la ayuda, no comprendo cómo vos te enteraste donde estaba
- Estaba haciendo la tarea, y sentí que estaba angustiado. Miguel abre los ojos y lo mira. Luego cuando me concentre vi lo que usted estaba viendo, y pude notar el nombre de las calles. Así que llame al gordo para que lo recogiera.
Diego se queda pensativo, eso que le comentaba no le sorprendía, la afinidad psíquica que existía entre ellos hacía que esas cosas por fortuna pasaran.
- ¿Todo te salió bien?, dice mientras ambos se levantan.
- Sí parce, me dieron la noche libre, ¿qué le parece sí salimos por ahí?
- Pero, ¿y los peligros?. Miguel se preocupaba que lo sabbats que lo seguían les tendieran una emboscada.
- Jajajaja Ave María. se ríe Diego mientras lo abraza de medio lado ¿Peligros? ¡Qué va!, jaja peligrosos somos nosotros sí se nos enfrentan. Mira al tres-se con cariño. Además ya tenemos ayuda. Señala las imágenes, algo me dice que hoy no tenemos por qué tener miedo...me baño y salimos, vos te mereces salir.... y recuérdame comprar un paraguas.

1 comentario:
o.o vampiros creyentes. me encantan :P
Algo raro tuvo este chap al principio, como que cambiaste el estilo o.o pero está muy bueno :P al menos libraste a diego xD ¿por qué tratan con los nosferatu? o.o
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