jueves, 25 de marzo de 2010

DIARIO DE UN CONDENADO (5ta Parte)


Aunque estoy muy adolorido, he decidido seguir escribiendo. Ya estoy cansado de llorar y de sentir este peso tan enorme en mi alma. He estado a punto de morir, pero los rituales para mantenerme vivo son definitivamente más eficientes.  A veces siento que estoy en un limbo lleno de oscuridad, y que el hilo dorado se ha fortalecido para mantenerme atado en la tierra. Sé que esto puede sonar como una alucinación, pero cuando he estado ahí, en ese espacio lleno de sombras, Matilda ha ido a visitarme.

Mi mujer murió de un cáncer progresivo el año pasado, y como es lógico no pude ir a su entierro. Llorar la muerte de alguien amado sin poder decirlo y adicionalmente desde la distancia es  sumamente cruento.  Estar enterado de la enfermedad de tu conyugue y no poder estar ahí para apoyarle en los momentos de dolor es realmente frustrante.  Hice una promesa en el altar que no pude cumplir.

Sabía de su enfermedad desde que comenzó, es más, desde que me aparte de ellos, busque la forma de enterarme de sus necesidades sin tener que moverme de Los Angeles, y  lógico, sin tener que romper la mascarada. El regente me permitió este aspecto con ciertas normas rígidas a través de un contacto Nosferatu, quien me tiene bien informado  por un monto mensual que debo consignarle. Gracias a eso durante todo ese tiempo he tenido información de ellos, hasta las minucias más insignificantes como el cambio del detergente para la ropa me lo informaban. Supe gracias a eso de sus necesidades, y curiosamente siempre que requerían algo, yo estaba ahí para solucionarlo desde la distancia. Me enteraba hasta de la vida sentimental de ellos. Recuerdo la noche que me informaron que mi esposa había comenzado una relación sentimental con otro hombre, hecho que me produjo un ataque de ira sin precedentes. Por poco entro en frenesí. Tuve que pedirle al Nosferatu, que  por mi salud emocional no me comentara detalles. Estuve tentado a lastimar a ese hombre, hasta que un poco más calmado recordé que mi esposa tenía derecho a rehacer su vida. En realidad ella era viuda, y podía casarse nuevamente si lo deseaba. La relación entre el hombre y ella no prospero como yo había pensado.  En cierta forma es una lástima, teniendo en cuenta que no hubiera estado sola.

Mi mujer cuando me la he encontrado en el limbo se nota molesta. Me reclama que la haya engañado. Yo no puedo hablarle, trató de explicarle, pero parece no escucharme. Ojalá algún día pueda contarle todo. Su reacción no es que mejore mi ánimo, pero la comprendo. ¿Quién después de vivir una horrenda enfermedad, y pensar que al morir se encontraría con su esposo, no se molestaría al  descubrir que él en realidad aún no ha muerto, o no del todo?...

Mi hijo fue aceptado en la Universidad de Nevada, y está estudiando agronomía. La universidad se la he pagado yo desde un comienzo, creo que él nunca se explicó cómo le daban una beca completa a él,  siendo un estudiante tan mediocre. Mi hijo, para lastima mía, prefiere andar en fiestas que estudiar. Si yo estuviera a cargo, hace mucho lo hubiera sentado y le hubiera dado un sermón sobre la responsabilidad.  Cada vez que me llegan sus notas me provoca suicidarme, sin embargo, me encargo de que un tercero le obligue  a forzarlo a trabajar. Puede que lo haya abandonado cuando tenía once años, pero nunca lo he dejado desamparado. He hecho ritos de protección para garantizar que tendrá una buena vida. Aunque no es mi sangre, es mi hijo. Ojalá sepa construir una vida mejor de lo que yo hice.

Todavía recuerdo como en una charla agradable en la cual estábamos Diego, Terry y yo salió el tema (bueno en realidad hablaba con Diego, mi chiquillo solo escuchaba). Diego me preguntó si había sido casado y yo le comente la realidad. Ambos estaban sorprendidos, pero la expresión de Terry era de total confusión, como si no diera crédito a mis palabras. Tal vez tenía un concepto distinto de mí. En realidad uno nunca se imagina a los propios padres en situaciones incorrectas. Les pedí a ambos que aunque no era un secreto, tampoco era un tema del cual se pudiera hablar en los pasillos.

Esa fue de las últimas cosas que recuerdo antes de que la pesadilla comenzara.

Bajaba las escaleras de la capilla, ahora que lo recuerdo fue la última vez que estuve parado sobre mis piernas, y de repente un dolor en la espalda intenso hizo que perdiera el equilibrio. Rodé  por los peldaños hasta llegar al primer piso y justo en ese momento sentí  un sabor amargo por la boca. Los criados y demás aprendices vinieron inmediatamente, el estruendo fue enorme, y según comentan algo negruzco salía por mi boca y espalda. El regente ordenó que me llevaran a un lugar consagrado en el sótano. Era evidente que se trataba de una maldición. Mis fuerzas se habían ido rápidamente. Me acostaron en una cama ubicada en dicho lugar, y varios aprendices trataron de atenderme. El regente, utilizando su sabiduría, hizo algunos rituales de sanación, y sin embargo note en  su cara de preocupación cuando no dieron resultado. Diego por su parte trataba de tranquilizarme, y buscaba alguna explicación de lo que estaba ocurriendo.

Me dolía la espalda como si algo me quemara, era un dolor tan intenso que me retorcía en la cama mientras daba alaridos. En ese momento escuche una voz femenina, que con voz de mando comenzó atenderme. Se presentó como la Dr. Mary Jean, y me dijo que trataría de curarme. Inmediatamente me acomodó el cuerpo de medio lado, mirando al este, y me puso la mano en el cuello. El sólo acto sirvió para que me tranquilizara. Me explicó que debía estar quieto en esa postura, y que necesitaba de mi apoyo para un ritual especial que iba hacer, cuya finalidad era que yo drenara la sustancia que me estaba haciendo daño. De repente señaló a Terence, quien estaba en una esquina, casi viendo con impotencia lo que ocurría, lo ubico en una silla al lado de la cama y le dijo que su función era tranquilizarme y evitar que yo moviera la cabeza.  La mujer tomó la mano de Terry y la puso delicadamente en mi cuello, y le dijo: Tienes el don de la tranquilidad, úsalo.

Debo aceptar que cuando él colocó su mano en mi cuello, mi nivel de tensión bajo un poco. Quedarme quieto  era difícil, pues era muy doloroso. Mire a Terence, y  como signo de desesperación y búsqueda de apoyo,  mientras él ponía su mano sobre mi cuello, yo con mi mano izquierda tocaba su brazo. Comenzó un ritual que desconocía, y donde el dolor, que poco a poco se localizaba en la parte baja de mi espalda, fue en aumento; y sentí que se había colocado algo en esa zona. Me di cuenta  a su vez que mis piernas se sentían diferente.

Estaba agotado, me sentía por primera vez desde mi abrazo literalmente enfermo. Vi el rostro de mi chiquillo, por un momento creí que Marcus estaba a mi lado, sonreí, le tome la mano, cerré los ojos y  entré en letargo.

Desperté 24 horas después. Estaba acostado de medio lado, tal como había estado cuando perdí la conciencia. Mire alrededor. Mi brazo estaba conectado a una bolsa de sangre: me di cuenta que me estaban pasando vitae por goteo; una transfusión sin lugar a dudas. El dolor en la parte baja de mi espalda persistía, y olor de algo descompuesto invadía todo el lugar. Trate de moverme, pero una mano me lo impidió. Vi la figura de Diego aparecer de repente “No te muevas” me dijo. En la cara de mi colega se observaba con una sonrisa, pero yo sentí inmediatamente que estaba preocupado.

Se sentó a mi lado, y de manera muy profesional me dijo que por el momento estaba estable. Que había sido víctima de una maldición. Me comentó que una especialista me estaba tratando, y que ella esperaba que en un tiempo se drenara todo el líquido malsano que acumuló mi cuerpo. El origen de la sustancia era un misterio, y estaban investigando la misma. Me dijo que la peste venía de ese líquido que salía de mi espalda, pero que por recomendación de la especialista no era conveniente que lo viera. Le pregunté en ese momento si iba a morir; me miro a los ojos y de manera triste pero sincera, y me manifestó que no lo sabía.

En ese momento me di cuenta que la situación era grave. Me enteré que la capilla había sido reforzada con hechizos de protección, que mi ropa, y otros elementos que fueron tocados por la sustancia tuvieron que ser quemados. La misma sustancia tenía que ser destruida por la energía negativa que expelía.  No podía cambiar de postura, y tampoco moverme bruscamente, pues el drenaje estaba en mi espalda.

¡Oh, recuerdo como permanecí de medio lado por casi mes y medio! Una o dos meses en la noche la doctora Mary Jean realizaba un pequeño ritual que ayudaba a drenar el líquido, mientras que siempre era mi chiquillo, el encargado de  tocar mi cuello y evitar que me moviera. Murmuraba que mi chiquillo parecía tener el don de tranquilizarme.  La mujer era muy amable y conocía bien el manejo en las maldiciones. Prácticamente se instalo en la capilla para atenderme, sin embargo yo sentía que algo me ocultaba.

Desafortunadamente,  la verdad me la manifestó cuando ya no había peligro de muerte. La maldición había  sido hecha por un experto. Según me comentó parecía que fue desarrollada por un Tzimisce o alguien con conocimientos en vicisitud, pues el líquido al encontrar drenaje por ese sitio había deformado y dañado  de manera irreparable mi columna a nivel  sacro-lumbar, por tanto, a pesar de que sentía una sensación de cosquilleo en mis piernas, no volvería a caminar.

Sentí un dolor emocional intenso. La mayoría de las personas en la capilla sabían que había quedado lisiado, pero nadie se atrevió a decirme. Cuando por fin pude salir del  lugar donde se me habían tratado, lo hice en una silla de ruedas.

Lo que nadie sabía era quién había sido el responsable de mi desgracia, aunque el regente estableció que estaban investigando.

Aunque sentí el total apoyo de todos los aprendices, y en especial del regente, yo me había convertido en un hombre incompleto. Todo es más difícil cuando necesitas estar en una silla para movilizarte, las mesas son muy altas, los pasillos muy estrechos, las puertas muy pequeñas. Depender de otros es horrible. No me gustaba sentir la lástima en los ojos de quienes me miraban. Al desdichado de Terry le tocó soportar toda mi frustración: cuando no estaba malhumorado, estaba muy deprimido y me dedicaba a tomar vitae con alcohol. Una noche amanecí tan alcoholizado que me caí de la silla, y él al verme borracho, me recogió y me llevó a la cama. Fue la primera vez en que sentí que estaba realmente molesto conmigo.  A las pocas horas, y después de que Diego hizo un ritual para desintoxicarme, evitaba mirarme.

 Esa misma noche el regente me llamó y me reprendió.  Me habló con palabras duras, me ordenó ingresar a un programa de rehabilitación y comenzar a valorarme de nuevo. Me dijo que estaba seguro que, con todo y silla de ruedas, podía llevar acabo muchos trabajos.  Terence me acompañó a un centro de rehabilitación física, donde me enseñaron a recobrar mi independencia. Creo que eso fue lo mejor que me ocurrió en esa época. Conocí a algunos humanos en esa situación y me di cuenta que vivir así no significaba el fin del mundo. Reconocer que la discapacidad está en la mente fue fundamental.

Es curioso, a los pocos meses con todo y silla ya me sentía mejor, continuaba con mis lecciones, (Terence avanzó mucho durante ese tiempo), investigaba y realizaba mis labores como antes. Recibí elogios de varios, cuando en un ataque Sabbat a una mansión donde se realizaba un evento, salí airoso con todo y silla, y me encargue de unos sujetos.

La Dr. Mary Jean llevaba un control de mi evolución,  buscaba signos de recaídas y me atendía bien, en realidad, muy bien. Tuvimos un pequeño romance, que aunque no evolucionó, me ayudó a darme cuenta que a pesar de no poder caminar seguía siendo un hombre.

Fue después de eso que la capilla recibió la visita de un viejo residente. Era una reunión programada,  y yo entre al salón principal manejando mi silla eléctrica. Mi condición siempre llama la atención, porque, ¿cuántos Tremere en sillas de ruedas existen? Los cainitas discapacitados somos tan extraños en algunos círculos que es casi inevitable que no te  miren.  Cruzaba el salón manejando mi vehículo cuando veo al maldito de Michael Oren, recién nombrado regente de Allentown (Estado de Pensilvania), sentado en una mesa de vástagos de alta jerarquía.  Cuando sus ojos se fijaron en mí, mi espalda me comenzó arder, disimule mi malestar y le mire también  con dignidad. El maldito parecía complacido de verme en una silla de ruedas.  Me dirigí cerca de  Diego García  y me ubique en un sitio donde pudiera verlo. En ese momento me di cuenta que el Oren que yo conocía ahora era mucho más poderoso, tal vez por el malestar no pude notar más.  El ardor se hacía un poco más intenso. Con total disimulo, le comunique telepáticamente a Diego que me dolía la espalda. Salimos del salón directo a su laboratorio, donde me examino, y encontró una pequeña mancha de la sustancia que me dejo lisiado en el espaldar de la camisa.  Se quedó pensativo mientras yo le comente como había comenzado el dolor. La cosa ya era demasiado evidente para mí: Oren era el responsable de que yo no volviera a caminar.

El regente Schaeffer,  una vez terminada la reunión, me confirmó mis sospechas. Me comentó que él había hecho un hechizo  con el fin de encontrar al responsable de mi situación, y que este se activo cuando Michael Oren entró a la capilla.  Adicionalmente, me comentó sus temores de que se tratara de un diabolista.

El regente mandó un informe con sus sospechas a su superior, pero sus inquietudes nunca fueron respondidas.  Era extraño, no comprendía que sucedía, pero cuatro meses después lo entendí.

Estaba en plena sesión de enseñanza; Terry trataba de hacer el ejercicio mientras yo supervisaba sus avances. Había tenido una muy buena noche. Me sentía de buen humor y planeaba salir un espectáculo cultural. De repente golpean en el laboratorio, abro la puerta y era la famosa Mary Jean. Le sonreí de manera coqueta (es sorprendente la química que hay entre nosotros) y le pregunté el motivo de  su visita. Me contestó que debía examinarme. Sorprendido, le pedí que esperara, que estaba en medio de un ejercicio. Ella se negó; debía hacerlo ahora. Una fantasía erótica cruzó por mi mente, pero parecía muy seria  para ser  un acto de seducción. Le pedí a Terry parara el ejercicio, y que saliera por un momento del laboratorio. Comenzó a examinarme, hablando  de algunas cosas, y en algún momento se quedó muda. Yo pregunté: ¿Qué pasa? Pero no respondió. Después de revisarme y esperar que me pusiera mi camisa y me dijo: “Lo lamento Rowie, comenzó el ataque de nuevo, y creo, que esta vez no puedo hacer mucho por ti”. Me tocó el rostro como si se estuviera despidiendo y me besó la frente. Salió del laboratorio dejándome perturbado.

Media hora después me informaron que el regente quería verme. Confundido, fui manejando mi silla hacia la oficina, y pude ver el rostro del superior. Inmediatamente me di cuenta que no tenía buenas noticias. Comenzó diciendo que él lo lamentaba mucho. No entendía por qué comenzaba la frase disculpándose, pero luego lo entendí.

Me comentó que  él había mandado su informe con las  sospechas en relación a Oren al Pontífice, sin respuesta positiva o negativa. Estableció su preocupación al ser este un ataque interno y al representar un peligro en potencia para el clan. Sin embargo, me dijo,  notaba cierto silencio en sus superiores que le preocupaba.

Añadió, que sentía el deber moral de comunicarme esto, a pesar de que no tenía obligación de hacerlo.  Recientemente  había recibido una orden por escrito, que luego de leerla se había  convertido en ceniza. El Pontífice McArthur, pidiendo obediencia absoluta, ordenó al regente Schaeffer  no prestar atención a mis dolencias y confinarme a mi habitación. Mi presencia dentro de la capilla era vista como una amenaza, dado que era considerado un  traidor al clan. Me comentó que había amenazado entre líneas  que, de seguir prestándome apoyo, tomaría acciones disciplinarias en contra de la capilla, quitándole privilegios territoriales, administrativos y económicos. En otras palabras,  Oren tenía amigos poderosos.

Recuerdo que mientras me hablaba yo trataba de entender todo esto. Quedé dos minutos en silencio, y murmuré totalmente sorprendido, “¿Quiere decir que el clan me ha dado la espalda?” El regente bajó la cabeza. Mis ojos se inyectaron en sangre, pero me contuve apretando el brazo de la silla de ruedas. Le dije al hombre que yo había trabajado de manera fiel hacia el clan, y que agradecía la confianza que él me había otorgado durante todos estos años, que le pedía que asignara a mi chiquillo un tutor paciente, y que mis cenizas fueran colocadas en la misma tumba de mi esposa. Le di la mano al hombre y salí de la oficina manejando la silla despacio.

 No había nadie en los pasillos y al entrar al laboratorio encontré a Terence estudiando. Cerré la puerta y me acerque a él con un nudo en la garganta. Le dije  que pusiera atención por un momento, pues le tenía que informar  algo. El hombre me miro preocupado por mi semblante. Le comunique con la voz entrecortada que había sido un honor haberle conocido, que siempre lo considere un buen sujeto, que me perdonará por todo el dolor que pude ocasionarle, y por los momentos en que le reprendí; que como muestra de mi afecto, quería regalarle la antigua máquina de escribir que perteneció a mi hermano.

En ese momento no pude ocultar más mis lágrimas.

Le dije que esperaba que se adaptara a su nuevo tutor, y le deseaba la mayor de las suertes en su vida. Tras pedirle que tomara la máquina, le ordene que saliera del laboratorio y no volviera a entrar.
Mire mi laboratorio por última vez, abrí la puerta de mi habitación anexa al mismo, y cerré la puerta.

Recuerdo que cuando entré a mi cuarto sentí un dolor muscular leve, que iba aumentando. Me di cuenta que estaría muerto muy rápido, y que Oren había logrado lo que quería.  Me quité la ropa, y me puse una piyama mientras lloraba en silencio.  Me sentía tan desilusionado.  Ningún Tremere se puede imaginar que su clan le dé la espalda cuando lo necesita. Trabaje tantos años, sacrifique hasta  mi familia por el clan, viví en una capilla de manera permanente como un acto de obediencia, ¿para qué? Hice tanto para que mi miserable vida no valiera nada.

Esa noche, antes de caer el amanecer, hice mi testamento a mano. Le deje el setenta por cierto de mi dinero a mi hijo, quinientos mil dólares a Terence,  mi antiguo reloj de bolsillo a Diego García, y el resto de mis pertenencias a la capilla de Los Angeles.

Recuerdo que me dormí con los músculos entumecidos y con la foto de Matilda y Maurice  en la mesa de noche.

1 comentario:

Techmaster dijo...

¡Caray! ¡Me tiene en ascuas saber cómo se ha salvado de la maldición! ¡Tu historia sigue teniéndome en ascuas! >_<

Un abrazo.