jueves, 8 de abril de 2010

Secreto riesgoso


Dieter Schaeffer, un hombre de clara ascendencia alemana, está sentado en su oficina, su rostro refleja una gran preocupación. Desde hace mucho tiempo estaba manejando un alto nivel de exigencia. El cargo de regente de Los Angeles, en los Estados Unidos era un cargo codiciado por muchos. No por nada, es el líder de su clan en una de las ciudades más famosas de Norteamérica y con mayor población; una ciudad con extremas riquezas pero a su vez con dificultades enormes. El Sabbat siempre había hecho incursiones en la ciudad, y algunos aseguraban que cierto Arzobispo Lasombra quería retomar el poder.  Adicionalmente, tenía como responsabilidad apoyar al principado en las necesidades,  que fueran prioritarias para la protección de La Mascarada  y del gobierno. La ciudad manejaba un nivel de interculturalidad importante, al ser uno de los lugares con mayor número de inmigrantes, y lógicamente, esa complejidad cultural hacía que los conflictos  fueran pan de cada día. La inmigración, de manera consecuente, no implicaba el traslado sólo de humanos, sino también de vástagos de todos los clanes. Era una ciudad difícil y peligrosa, y él había sido escogido por el círculo interno para liderarla.
Sin embargo, todos esos factores problemáticos no eran lo que le preocupaba. Hace varios meses se encontraba en una encrucijada bastante molesta, que implicaba a su propio clan.
Era consciente que había desobedecido una orden directa de su superior inmediato. Había sido difícil tomar la decisión de cumplir las órdenes de “manera incompleta”. La capilla, y su permanencia en ella como líder, estaban en riesgo, él era el sostén del clan en la ciudad. Sentía que se había ganado de manera legítima el respeto de los suyos, y su única intención era continuar el crecimiento y fortalecimiento del clan, desde las bases del conocimiento.
Sin embargo, lo que había ocurrido con uno de sus aprendices de niveles superiores no le gustaba; y lo peor, es que todo aquello era un síntoma de “pasos de animal grande que se acercaban”. Algo estaba mal, “muy mal”, algo podrido se estaba cocinando, y él lo sabía. No sabía qué estaba por ocurrir, pero podía darse cuenta que cuando políticamente se unen varios factores, como piezas  aisladas, el rompecabezas puede dar un panorama muy negativo.
Tenía frente a él un papel que ya había leído y que iba a proceder a destruir.
Era una pena que Alexander Rowan estuviera pasando por esto. En realidad, lo lamentaba a nivel personal. El sujeto había sido un gran apoyo para su gestión. Un hombre profesionalmente excelente, con una gran habilidad para realizar proyectos, y que para la capilla era valioso en razón de sus buenos resultados. A pesar de que, al comienzo de su administración, le habían dado las peores referencias, pudo darse cuenta de sus reales capacidades y por tanto las aprovechó a favor de la capilla.
No podía negar que personalmente lo apreciaba, en parte porque él le apoyó de manera constante cuando llegó a Los Ángeles, trasladado de una pequeña capilla rural.  Notó inmediatamente sus buenas intenciones, cosa que no fue así con otros aprendices. La rotación de vástagos del clan en una capilla siempre es constante, muchos vienen y van, pero Rowan, por cierta restricción disciplinaria, permaneció siempre constante en el edificio. Fue toda una sorpresa cuando cayó enfermo, y una lástima cuando se enteró que su aprendiz de confianza quedaría limitado a una silla de ruedas por el resto de su existencia. La maldición que se le había impuesto era un fiel reflejo de una mente retorcida e inhumana.
El regente Michael Oren nunca le cayó en gracia ni siquiera cuando, era un aprendiz  de séptimo círculo,  unos años atrás cuando llegó a Los Ángeles.  Era evidente su obsesión y su insana necesidad de resaltar. Muchas veces sintió que al hablar con él estaba al frente de un político mentiroso. Fue después cuando tras estudiar su gestión, y tras una advertencia de Rowan, que decidió delimitarle funciones.   Era consciente que eso era lo que había desatado la ira de Oren, en contra de aquel que estaba tratando de ocultar.
Se tocó la barbilla, miró la nota por última vez y la quemó.
Los pasos de su chiquillo los podía reconocer desde la distancia. Golpea la puerta y entra haciendo un signo de respeto.
Edward Jackson, era un hombre joven, moreno, de complexión atlética, que tenía una licenciatura  en física de la universidad de Oxford, un muchacho muy inteligente, pero a la vez muy torpe. Schaeffer se había prometido enseñarle no solo taumaturgia, sino también  humildad, después de darse cuenta que el joven estaba desviando el camino. En algún momento sintió que se había equivocado al abrazarlo, dado que  comportándose como “el chiquillo mimado del regente”, había desarrollado una pandillita de iguales, que se había dedicado en un tiempo a atormentar a algunos aprendices de círculos inferiores. Sin embargo, tras un hecho algo lamentable, decidió poner en regla a su chiquillo. Estuvo castigado por siete meses, y después de eso, todo beneficio que deseara tendría que ganárselo. El muchacho le había pedido de todas las maneras posibles que le perdonara; estaba realmente arrepentido por su comportamiento, pero aún así Schaeffer no iba a dejarle las cosas fáciles. Tenía técnicas pedagógicas más efectivas que no incluían el maltrato.
-          Con permiso señor. Dice el joven  con aire algo nervioso,  desde que había sido castigado, buscaba constantemente la aprobación de su sire.
-          Sigue Edward, ¿lo conseguiste? Dice el Regente de manera amable
-          Sí señor. Le muestra un libro antiguo. Mathews descubrió que se había caído por detrás de la repisa. Sonríe. Por eso no lo encontrábamos. El regente suspira al escuchar lo anterior, no podía soportar la existencia de libros en desorden.
-          Debo hablar seriamente con Mathews. Gracias Edward, puedes ir al laboratorio, espero que estés leyendo los tomos que te asigne, en treinta minutos voy para allá.
-          Sí señor.
 Dice el joven disponiéndose a salir de la oficina, y en ese momento, se escucha que golpean nuevamente. Edward abre la puerta, y se hace un lado, dejando entrar a los recién llegados: Dos hombres del clan entran a la oficina.
 Primero ingresa un caballero de  cabello negro, ojos castaños y lentes, vestido con  traje,  que como  un signo de respeto, se quita el sombrero al ingresar.  El segundo, de apariencia menos elegante, gafas, ropa sencilla, andar inseguro y algo encorvado, se asoma al umbral de la puerta.

La mirada de este último se posa por un segundo en Edward, y éste simplemente dice. Buenas noches. Baja la cabeza y sale de la oficina.
El regente observa por un momento lo anterior y sonríe complacido. Una de las víctimas de su chiquillo acababa de entrar por la puerta. “Creo que Jackson se ha ganado una recompensa, esta vez no lo miró con odio”, piensa mientras  observa a los recién llegados. Eran Diego García, aprendiz  de séptimo circulo procedente de Latinoamérica y Terence Fowles, el chiquillo de Rowan, quien había sido “adoptado” por García tras la enfermedad de su Sire. El primero había desarrollado una relación cercana con Rowan, desde que llegó a Los Ángeles, hace más o menos dos años. Era un hombre proactivo que se había encargado de representar al clan con las comunidades latinas, trabajo realmente arduo, teniendo en cuenta el contexto de Los Ángeles. Se había caracterizado por un papel bastante positivo hacia la capilla, y su forma de decir las cosas de manera abierta. La honestidad le gustaba a Schaeffer, aunque este latino a veces podía ser algo impulsivo. Fowles por su parte, era un misterio para el regente. En realidad, más de una vez se preguntó  bajo qué concepto había escogido Rowan a ese hombre. Era un individuo evidentemente inteligente, tenía una habilidad de expresión escrita mayor que la verbal, pero era muy pasivo, demasiado para su concepto. Esa característica de personalidad era lo que lo había hecho propenso a las bromas y desajustes de Jackson, quien al verlo débil, había aprovechado para hacerlo  victima de sus bromas de mal gusto. Rowan tendía a sobreproteger a Terence, y en oportunidades le reprendía con fuerza por su pasividad, pero el hombre no parecía cambiar de actitud. El muchacho estuvo a su lado todo el tiempo durante la enfermedad, y apoyó en lo que pudo, lo que le había dado un buen concepto al regente. Sin embargo, las funciones que él podía hacer en la capilla eran muy limitadas, posiblemente en la biblioteca fuera útil.
Ambos hombres acababan de llegar de viaje. Estaban visitando a Rowan. El Regente arregló todo, para que, sin  estar enterados, fueran llevados a donde estaba el enfermo, bajo total secreto. Una vez ahí, se le entregó a García una carta con indicaciones.
El regente los mira con una sonrisa e indica que cierren la puerta. Su oficina está protegida para que la información no se filtre, así que no se debe preocupar por el tono en el que habla.
-          ¡Garcia, Fowles!, sigan y tomen asiento.  Ambos hombres lo hacen, y bien, ¿cómo esta él?
García, que mantiene su sombrero en las piernas, con su característico acento latino dice:
-          Señor, está estable. Hace un gesto de preocupación. Aunque , si debo ser honesto, se ve muy demacrado.  Terence Fowles  permanece en silencio y  mira a García por un momento, compartiendo el juicio de su tutor. Le  manda saludos a usted, y manifestó extrañar la capilla.  Esta frase va acompañada con un leve suspiro, como quien trata de controlar sus palabras y emociones. El “parcero” (palabra dicha en español, que significa amigo)  se animó bastante al vernos, sonríe levemente, le agradece que nos haya enviado
El regente escucha el corto informe entendiendo, que la situación es complicada. Ya había recibido una carta de Rowan, donde  le suplicaba le dejara morir.
-          Entiendo. Dice serio. Acabo de leer el informe que me entregan los sanadores, espero que por lo menos eso ayude a mejorar la depresión que presenta. Los mira a ambos. Quiero recordarles que lo que vieron, escucharon o hablaron es secreto, no pueden comentar esto con nadie, mira a Terence, recuerde que usted no sabe dónde está su Sire, sólo sabe que salió de la capilla y no lo ha vuelto a ver. Dice con gravedad. No se puede filtrar información ¡de ninguna manera! La seguridad  y estabilidad de la capilla depende de eso, y no solamente eso, de la vida de Rowan dependen muchas cosas, hace una pausa y suspira. Lamento que esté sufriendo tanto...
Mira al chiquillo de Rowan nuevamente.
-          Me entregaron esta carta para usted Fowles, me dijeron que usted ya tiene conocimiento sobre este particular. Léala en su habitación, tome los datos que necesite y luego destrúyala. Lo mira serio. Tómese el tiempo que necesite para pensarlo. Lo observa a los ojos. No es obligación que acepte., y puede sentirse con total libertad de decidir lo que le convenga, en siete meses puede darme su respuesta, o antes. ¿Entendido?
-          Sí señor. Responde brevemente el hombre, mientras García lo mira con curiosidad.
-          Bien, puede retirarse.
El hombre, con la carta en mano, sale de la habitación con su usual caminar lento. Diego García espera un tiempo prudencial y habla bajo.
-          ¿Señor no se puede hacer algo más?, es que....

-          Diego. Dice el regente de manera más personal. Estoy maniatado, añade de manera confidencial, el pontífice cree que Rowan, a voluntad,  huyó de la capilla, y me ha amonestado por ese aspecto. Lo mira fijamente. Si McArthur se entera que yo fui el que arregló su salida, me destituye. Continúa diciendo en voz baja. lo cual empeoraría la situación. No puedo ayudar a Rowan si no soy regente,  comprenda que estoy arriesgando mi vida, la seguridad de la capilla y  la de todos los aprendices.  Se explica.

-          Entiendo señor, pero debemos hacer algo contra Oren. García se acomoda las gafas. Yo hablé con el curador tratante como usted me lo pidió y él me explicó que Rowan sufre una nueva maldición en intervalos de dos a cinco días, niega con la cabeza, “El maldito” (palabra que dice en español) de Oren se encarga de mantenerlo en cama, y señor, él  está “muy” enfermo. Hace una pausa, y se toca levemente la frente. Ave María, comprendo por qué pidió que lo dejaran morir.  El hombre con acento latino, en tono apasionado prosigue.  Puede que los rituales lo mantengan vivo, pero en parte lo están torturando. Dice entonces con convicción. Debe existir alguna forma de parar a ese malnacido.

El regente hace silencio. Sabe que lo que dice el aprendiz es cierto, pero cree que él no comprende toda la complejidad del asunto.
-          Desafortunadamente,  no puedo hacer más. Mira a Diego a los ojos. Estoy moviendo mis contactos, pero no puedo ser muy obvio. Estoy seguro que están vigilando mis movimientos. Lo que sé, es que Michael Oren está muy protegido, y McArthur no es el único que  está cuidándole la espalda, hay que andar con pies de plomo.
Por el momento Diego, te voy a pedir que continúes con tus actividades normalmente, en algún momento te necesitaré, pero  por ahora no... Hace una pausa pensativo y lo mira como entregándole un mensaje importante, y Diego, si me llegan a llamar a Viena, sólo di que yo estaba comenzando a actuar extraño y que daba órdenes sin sentido...

-          Ave María ¿Otra vez?.. (dice en español) digo, titubea, y al hacerlo el regente se sonríe...  Pero señor,  eh... no creo que sea prudente, en realidad yo. El regente lo interrumpe.

-          Lo sé. Dice el antiguo, Sería muy extraño, pensarían  que tienes la maldición de enloquecer regentes. Sonríe, sin embargo al hombre ese comentario no le ha hecho ninguna gracia. Lo que intento decirte es que, si caigo yo, no quiero que ninguno de los aprendices de la capilla sean implicados en esto. Lo mira nuevamente a los ojos.
García, hay cosas que te enterarás en su momento,  y sólo te pido que confíes en mi. Dice casi melodiosamente. No por nada tengo 478 años en las filas del clan, sin embargo, esta situación no tendrá una solución rápida, por favor. Recalca eso. Comprende que Rowan va estar hospitalizado un tiempo largo, y  aunque lamento su sufrimiento, estoy haciendo lo que puedo de manera estratégica para beneficiarlo. Y añade con un tono algo misterioso. A él y al clan.
García hace un gesto de frustración, seguramente no esperaba esa respuesta. Internamente quería buscar la forma de acabar  rápido con Oren y sus maldiciones. La idea de esperar le parecía ridícula, cuando su amigo y colega se estaba pudriendo en una cama. Se notaba que trataba de controlarse para hablar.
-          Está bien señor. Se levanta tomando su sombrero, su rostro es muestra de la decepción y disgusto. Sólo espero que  sus acciones tengan buenos resultados. El timbre de su inglés con acento hispano es serio y tajante. Un hombre que le sirvió a usted y a la capilla está esperando ayuda, ha sido muy valiente  al soportar quedar discapacitado, y adicional a eso, tener que vivir con un dolor constante sólo porque un cretino se levantó un día “de puro desparche”  (Frase que dice en español)  con ganas de joderle la vida. Mira al regente a los ojos. Y sabe señor, eso ya lo he vivido y también la impotencia de no poder hacer nada. Niega con la cabeza. Perdí mucho, y me costó recuperarlo, así que sé cómo se está sintiendo Rowan en este momento. Hace un gesto en su rostro de tristeza. Yo le ayudaré en todo lo que esté a mi alcance, pero no se olvide que hay un hombre sufriendo.

-          Nunca lo he olvidado. Dice tranquilamente, consciente de que está arriesgando su pellejo.
Respetuosamente  García se despide y sale de la oficina. El regente puede escuchar una expresión de desagrado en español mientras él camina por el pasillo. No le sorprendía, en parte, esperaba esa reacción.  Diego García era un hombre apasionado,  desde que llegó a la capilla demostró ser un vástago con convicciones, era claro que la convivencia con cierto Brujah lo había influenciado.
Se quedó pensativo un momento, y posó su mirada en el libro antiguo que su chiquillo había traído. Lo abrió tranquilamente y tras varios minutos de lectura, encontró lo que buscaba. Era arriesgado, pero, no se podía descartar. Podía ser el último de los recursos, si todo lo demás fallaba.
Inmediatamente sacó un papel, y comenzó a escribir una carta.
Tiempo después, a muchos  kilómetros de distancia, un hombre con horribles ronchas en sus manos recibe un paquete. Su cara pálida y desgastada sonríe al leer la nota que va anexa al  mismo. Con mucho esfuerzo, pasa de la cama a su silla de ruedas, y se dirige, con el paquete, a un escritorio cercano. Lo abre y se da cuenta que es un libro. Sin dudarlo, comienza a leer.

3 comentarios:

Techmaster dijo...

¡Esta vez sí que he sido rápido! First!!
Ha sido una agradable sorpresa volver a saber de Rowie, y de cómo el Regente mueve hilos por él.

¡Bravo de nuevo!

Tana Abbott dijo...

supongo que en el libro hay algo que puede ayudarle contra las maldiciones o.o ¿o no? Está muy entretenida esta historia de intrigas, me gusta :P pero parece que en la desesperación por no hacernos esperar... se te está olvidando revisarlos! están volviendo a aparecer los errores ortográficos/gramáticos que parecían casi eliminados, no te apures! eres una escritora genial, mereces tener un tiempito extra para revisar tranquila (no creo que rowen empeore mientras no escribes... o sí? :S)

Sybill dijo...

Lo revise!... grr, y me lo revisaron, dale culpa a mis editores.