jueves, 21 de enero de 2016

Tensión vienesa



Mientras el largo viaje se desarrollaba el caos en Estados Unidos se hizo más evidente. Los príncipes de las ciudades se vieron obligados a intervenir por el desorden ocasionado, ninguno de ellos se imaginaba el real origen de todo esto, los aliados de Oren y de toda la pudrición tremere comenzaron a manifestarse violentamente  en búsqueda de Miguel. No se imaginaban que él no estaba en Norteamérica.

La población civil estaba manifestando versiones bastante  directas y preocupantes en contra de la mascarada.  La camarilla reforzó la seguridad, y viendo el nivel de riesgo hasta los mismos lideres Sabbat llamaron a la prudencia. La situación era tal que grupos de cazadores organizados se habían planteado acabar con la situación….

El desorden, provoca oportunidad para más desorden. Y si bien todo el caos no se debía a esta gran conspiración, una cosa se encadenaba con la otra, los vampiros parecían ratas hambrientas tratando de buscar oportunidades para generar caos.

Dieter alarmado  encontró las cenizas de unos cainitas que habían intentado ingresar a la capilla, decidió encerrarse en sus aposentos y reforzar más la seguridad. La capilla de L.A se había cerrado permanentemente para todos los visitantes, y ninguno de los aprendices podía salir de la capilla.
El único que había podido salir era Diego que se sentía como un ladrillo inerte en el avión, y Miguel que presentía que la muerte le estaba coqueteando.

Durante el viaje ambos vivían sus propios dramas. Miguel no dejaba de cuestionarse que hubiera pasado si  se hubieran dado cuenta que era él, su disfraz era bueno, pero no dudaba de la sensopercepción  vampirica, ni siquiera era capaz de creer que los hubiera engañado a todos. Diego estaba arrepentido por su parte de haber consumido alcohol con tranquilizantes. Sabía que eso le acarrearía un castigo, no ahora, pero si más adelante, y además de eso, para complicar las preocupaciones no le gustaba la idea de volver a Viena pues la última vez que estuvo ahí lo torturaron y terminó en un psiquiátrico.

Ohh eran tantos problemas y recuerdos, y lo más reciente era lo sucedido con su sire, aún no sabía cómo iba a enfrentarle.

Miguel llamó por teléfono a Diego pues  estaba desmoralizado  y  realmente necesitaba un abrazo o un mimo pero la situación de su hermano lo hacía poco accesible. Como era usual cuando él estaba mal, Diego estaba peor.  La conversación inicial terminó en un “no quiero hablar de eso”, lo que dejó al tres-se sin herramientas para sacar su dolor. Momentos  como ese hacían que se sintiera tremendamente solo y  se cuestionara muchas cosas en relación a su amistad.

El brujah hizo otras llamadas telefónicas, y arregló todo para su ingreso a Austria. Los documentos estaban al día y sabía que una vez entrara en territorio tremere su situación se pondría muy delicada. Trato de orar o meditar pero no podía hacerlo, era como si un fuerte muro estuviera impidiendo que se conectara consigo mismo.

Así que  el largo viaje a Viena fue una tortura para ambos, pero la tensión se alzaría más.

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En Viena hay diez muchachas,
un hombro donde solloza la muerte
y un bosque de palomas disecadas.
Hay un fragmento de la mañana
en el museo de la escarcha.
Hay un salón con mil ventanas.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals con la boca cerrada.

Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Te quiero, te quiero, te quiero,
con la butaca y el libro muerto,
por el melancólico pasillo,
en el oscuro desván del lirio,
en nuestra cama de la luna
y en la danza que sueña la tortuga.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals de quebrada cintura.

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Un leve fragmento de un poema “el pequeño Vals Vienés”, de Federico García Lorca era algo que acababa de leer sin dejar de sentir esa tensión de miedo en su espalda y la sequedad de la lengua en su costado.

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Miguel llegaría a  Austria pasadas las seis de la tarde, pidió al avión que sobrevolara por las cercanías de la ciudad  hasta que se hiciera de noche. Mientras eso recibiría un mensaje que le comunicaría que la seguridad en el aeropuerto de Viena era máxima y qué era recomendable que no llegará directamente. La alternativa eran pocas, los aeropuertos cercanos no eran opción.

Miguel llamó al regente y comentó la situación,  se puso muy nervioso frente a lo que debía hacer, era algo  discutido pero él no pensó que se fuera a dar. Conocía la teoría pero no la práctica.

Mientras el avión sobrevolaba  las cercanías, Miguel se daría la bendición, abriría la compuerta  en el área de equipaje y se lanzaría con paracaídas.   Gritaría como una niña mientras lo hacía. Sentía que su cabeza iba a explotar y por un momento pensó en no abrir el paracaídas y acabar con su existencia, pero luego cuando vio  que la tierra se acercaba abriría el mismo y caería lentamente en el horizonte. Fue en ese momento que Miguel vió el atardecer apagándose lejos de él y sintió melancolía. Una experiencia tan horrenda había tenido un momento sublime, era un minuto o menos de ver como la luz se ocultaba. Y de repente la tierra se hacía tan cercana que caer era una opción.

Miguel  trato de caer sin golpearse pero no era experto y si bien  trató de no caerse de bruces fue exactamente lo que hizo.

Tenía que llegar a  Viena, sin ser visto y esperar que Diego llegara. Pero antes de eso debía hacer algo más.

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Habían pasado casi dos días de viaje en el avión. Diego se sentía mejor, había abierto su equipaje y sorprendido de las estupideces que había empacado. No se había dado cuenta que puso una media de un color y otra de otra, una camisa de verano cuando el clima de allá no estaba muy fresco y los pantalones más. Lo único que había acertado a llevar era un abrigo de paño, que no combinaba con lo demás.

“Carajo van a pensar que se me zafó un tornillo si me ven vestido así”

Y lo peor de todo es que para esa diligencia debía estar bien presentado. ¿porque no se le ocurrió llevar su mejor traje?, se culpaba a si mismo por su estupidez, realmente debía hacer algo para no presentarse así a la capilla de Viena.

No podía negar que estaba nervioso, su viaje a Viena estaba planeado desde hace mucho, y aún así él había decidido ignorar ese particular para no estresarse más  de la cuenta, en últimas la falta de previsión le había costado caro, no pensó que tras el viaje de Miguel entraría en crisis y lo haría todo mal.

Viena es un sitio de sentimientos encontrados, sus primeros años de aprendizaje como tremere lo hizo en esa capilla, en la mayor de todas, la más importante, era algo así como hacerse sacerdote en el Vaticano. Había tenido el honor de compartir con miles de personas. Los edificios de Viena eran casi como una ciudadela universitaria, los mayores estudios y aprendices estaban en la capital de Austria, y además del complejo de aprendizaje. Viena era el más grande complejo administrativo Tremere y en alguna parte de ese mágico complejo se encontraba el vampiro que le daría el nombre a la orden, el antiguo cuyo nombre es el mismo del clan, quien diabolizara a un vampiro directo hijo de Cain (Saulot) para obtener su poder. Para un chiquillo tremere el amor a su clan comienza en esos primeros días de fidelidad, y para Diego ver a Etrius (aunque fuera de lejos) era un gran honor.  

Etrius era el asesor principal de Tremeré y el máximo representante en su letargo, fue humano y a diferencia de muchos nunca recibió un abrazo, sino que se convirtió en vampiro por magia gracias a un ritual que aconsejo Goratrix, ¿y quién era este último?, pues era uno de los aprendices de Tremere, máximo representante de la Orden de Hermes: Un grupo de magos humanos que vivió hace mucho y que quisieron obtener los poderes de la noche para convertirse en vampiros.

Goratrix fue el que aconsejó a Tremere frente a dicho ritual y quien recomendaría diabolizaría a Saulot. Es decir, gracias a ese hombre es que los magos recibieron la maldición de la noche y que luego se convertirían en una de los clanes poderosos. El asunto interesante era que Etrius era otro consejero que estaba en desacuerdo con el ritual y a pesar de las consecuencias funestas siempre siguió fiel a su maestro Tremere.

Posiblemente retomar un poco la historia sea un poco tedioso para el lector, pero hay un fin para hacerlo, porque todo en este asunto pareciera estar conectado.

Goratrix luego los traicionaría uniéndose al Sabbat y colaboraría con los Tzimisce. Los seguidores de este hombre estarían siempre marcados, y curiosamente fue gracias a él que muchas de las tragedias cayeron a los Tremere. No es por eso absurdo pensar que justo él también este detrás de toda esta conspiración.

La situación de Rowan es algo insignificante en comparación de todo lo que hay por detrás, solo que con ella se abriría una nueva puerta para depurar el clan. Los problemas que tenía Etrius eran muchos más, y por eso era que existían en el clan los “alastores”, un grupo de interno completamente fieles a la causa que se encargaban de cazar a los traidores…

Y era justamente a esos a los cuales Diego tanto temía, aún tenía pesadillas de las noches de tortura que sufrió en Viena cuando él se entregara personalmente. No quería pensar mucho antes en su viaje a Viena precisamente por ellos, pero ahora tenía que enfrentarse a sus peores pesadillas porqué él como miembro de la pirámide nunca podía negarse a nada que le ordenara un superior.

Y ahora mientras musitaba maldiciones en el avión por no poder vestirse de manera adecuada pensaba en qué hacer para lograr una presencia pulcra antes de llegar a la gran capilla. Desde hace unas horas las comunicaciones estaban bloqueadas y no podía comunicarse con Miguel, sin embargo, sabía que debía hacer, todo estaba planeado.

Miró sus documentos (que por lo menos estaban en regla) y sacó la tarjeta de crédito que tanto le costaba pagar…parecía que tendría que hacer una compra en el aeropuerto antes de salir a la capilla.

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Habían pasado un tiempo sin determinar y Miguel estaba asustado. Su presencia había dejado de ser la del norteamericano aquél que estaba en Bogotá. Su cabello y rostro volvía a ser como antes. Sus lentes oscuros habían recobrado su lugar, aunque seguía elegantemente vestido sin las camisas de colores fuertes que Matheson usaba.

El maletín que llevaba de repente se había transformado en una carga enorme. Llevaba en una esquina tratando de tener nervios de acero, justo en el momento en que recibe una llamada de Dieter.

-Creo que me tienen detectado señor- murmura Miguel
-No te preocupes y sigue con el plan, busca sitios públicos con mucha gente, en este momento ocultarse en las sombras no es buena idea. Diego llegará en dos horas.

Miguel entonces camina sin ocultarse por la calle sintiendo las miradas en su espalda. Viena es un sitio concurrido, así que, si la idea era meterse entre la gente, lo haría.

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Diego había bajado del avión y comprado ropa en las tiendas libres de impuestos del aeropuerto. Los trajes eran caros, pero él no tenía tiempo de elegir. Básicamente eligió un traje, una camisa, medias y zapatos. Los compró, se los puso en el vestidor y salió del aeropuerto. Esa compra había sido tremendamente costosa y pasaría mucho tiempo para que la pudiera saldar en su totalidad con el banco. Le había salido muy caro el emborracharse antes del viaje… muy caro. 

Pero había llegado el momento, ese momento que tanto habían planeado y que era necesario. Necesitaba cumplirle una promesa a Rowan, necesitaba terminar con todo esto y liberar a Miguel de este absurdo trabajo.

Tomó un taxi hacia el sitio indicado llevando consigo el maletín que le había dado el criado del regente antes de partir. Caminaba solo con el mismo, mirando al frente, fijándose en la próxima entrada a la capilla de Viena, sabía lo que debía hacer.

Sus pasos eran rápidos y firmes mientras sentía miradas en su espalda y personas que le seguían. Posa la mirada en el horizonte mientras ve a Miguel venir hacia él justo en ese preciso instante también con un maletín. Era el momento del intercambio.

Miguel se acerca a paso firme y de manera rápida cruzan manos y maletines.  Un murmullo con la palabra suerte sale de sus labios antes de alejarse en dirección contraria mientras Diego muerto del miedo y sin mirar atrás camina directo hacia la entrada de la capilla de Viena, estaba próximo a la recepción de documentos cuando un grupo de hombres le cierran el paso: conocía a uno de ellos, era quien lo había torturado hace seis años. Casi sin preguntar nada le agarran entre varios mientras otros aprendices miraban sorprendidos. Los gritos de Diego en alemán se escuchaban por el pasillo.
Le entraron a empujones a una horrenda sala de interrogatorios que tenía sangre en el suelo y lo amarran en una silla de metal. Diego comenzó a sudar sangre, estaba muy nervioso, gracias a esos hijos de puta había tenido su principal crisis nerviosa y se había tratado de inmolar.  Conocía sus técnicas para hacer hablar a la gente.

-¿Pero qué ocurre?, ¡porque me agreden así!, No he hecho nada

Un golpe seco en su rostro le hizo quedarse callado.

-¿te he dado permiso para que hables? – dice  Moritz Babenberg, Alastor de alto nivel

De la nariz de Diego comenzó a brotar sangre, y de repente estaba temblando como gelatina. En ese momento se abre la puerta y entra otro hombre con el pelo blanco y tendencia a la calvicie. Mira a Diego de manera parca y saluda a Babenberg.

-¿Qué es tan importante para hacerme salir de una reunión Babenberg?- dice de manera algo sosa
- Señor Apelhanz, tengo informes de que este traidor reincidente es parte de una conspiración en contra de nuestra casa.

-¿y que pruebas tienes?- dice el hombre de manera algo sosa
-Vimos que intercambio un maletín con un hombre sospechoso.

Dice de manera peligrosa señalando el maletín.

-No es lo que ustedes dicen, están equivocados- dice Diego en tono de súplica, momento en el cual recibe otro golpe de Babenberg.

-Te dije que no podías hablar. 

Steven Apelhanz el Alastor de alto nivel mira a Babenberg mientras lo golpea con cierta desaprobación. Camina hacia donde está el maletín y lo revisa desde afuera. Diego sentía palidecer. “Lo había echado a perder, no había podido cumplirle a Rowan, la conspiración interna seria descubierta demasiado tarde

Los craqueos de los seguros al abrirse revelan un documento.  Apelhanz lo lee y parece no entender.

-¿pero qué…?- mira sin entender a Moritz Babenberg y luego al pobre inmovilizado en la silla- ¿es usted Diego Garcia?
-Si señor

Mira de mal modo a Babenberg y niega con la cabeza mostrando un consolidado de varias hojas que había en el maletín.

-Libérenlo, es una orden.

-Pero señor…

-Señor Babenberg- dice entregándole una carpeta- ¡explíqueme usted como esto puede ser signo de una conspiración!

El hombre recibe la carpeta y lee la primera parte. Su cara era de sorpresa. No era lo que esperaba encontrar.

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Mientras tanto alguien continuaba leyendo el poema

En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.

Porque te quiero, te quiero, amor mío,
en el desván donde juegan los niños,
soñando viejas luces de Hungría
por los rumores de la tarde tibia,
viendo ovejas y lirios de nieve
por el silencio oscuro de tu frente.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals del "Te quiero siempre".

En Viena bailaré contigo
con un disfraz que tenga
cabeza de río.
¡Mira qué orilla tengo de jacintos!
Dejaré mi boca entre tus piernas,
mi alma en fotografías y azucenas,
y en las ondas oscuras de tu andar
quiero, amor mío, amor mío, dejar,
violín y sepulcro, las cintas del vals.
Este vals, este vals, este vals,
de sí, de muerte y de coñac
que moja su cola en el mar.

Justo en ese momento el hombre que leía escucha los gritos de Diego al ser capturado. Apoyado estaba en una de las paredes de un edificio cerca. Suspirando en su corazón muerto, piensa en porqué está haciendo esto y entra al edificio con una simple e insignificante carpeta. Mientras al fondo podía ver desaparecer a García gritando, él se dirigía calmadamente hacia la oficina de recepción de documentos.

Terence Fowles con el pelo pintado de rubio y con amplia barba sonríe a la secretaria.

-Vengo a entregar un documento

1 comentario:

Tana Abbott dijo...

noooo!!!! pobre diego... y te apuesto que él creía tener el documento... o no??? qué montón de caos @.@
estoy anonadada con tanta información xD